Un testimonio de vida personal – en sus propias palabras.

Nací en 1933 en Lützelflüh (BE), como segunda hija de la familia. Al final éramos cuatro hijos. El primer año pude quedarme con mi madre. En 1937 falleció mi padre a causa de un envenenamiento de sangre. De entre los hermanos, tres fuimos destinados como niños de contrato a distintos lugares, en casas de agricultores. Primero mi madre llevó, por orden de las autoridades, a mis dos hermanos a sus respectivas familias de acogida en Mungnau (BE). Al día siguiente, empaquetó mis pocas cosas en una pequeña caja de cartón. Nos pusimos en camino juntas. De repente, en el camino dijo que había olvidado algo. Que esperara en la posada mientras ella iba a buscarlo…
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Al cabo de un rato regresó, pero sin llevar nada consigo. Más tarde comprendí que había querido retrasar la despedida, que le costaba mucho.
Fui a vivir con los agricultores Röthlisberger en Bomatt, cerca de Zollbrück (BE). El pueblo formaba parte del gran municipio de Lauperswil, donde había muchas pequeñas granjas con muchos niños de contrato. El hijo de los Röthlisberger ya estaba en aquel entonces realizando un aprendizaje de carnicero, por eso crecí allí como hija única. Siempre tenía morriña de mi madre y de mis tres hermanos y me sentía muy sola. Solo nuestro hermano menor pudo quedarse con la madre, que trabajaba como criada o ama de llaves en distintas granjas. Yo misma tuve que trabajar duramente desde muy pequeña. Por ser aún tan joven, el inicio de cada nueva tarea resultaba difícil o directamente penoso. Nadie me guiaba, me ayudaba ni tomaba en cuenta que se me exigía demasiado.
Recuerdo a la agricultora como una mujer muy malvada. A menudo me golpeaba con el sacudidor de alfombras. A veces un castigo semejante era tan brutal que durante dos días no podía ni sentarme ni ir a la escuela. Durante ese tiempo solo podía comer de pie. Nadie controlaba las condiciones de mi acogimiento externo. En mi clase, entre los unos 30 alumnos, había 14 niños de contrato. Un hermano estaba destinado no muy lejos de mí en otra granja y lo pasaba aún mucho peor que yo. Su maestro era muy parcial, por lo que los más desfavorecidos socialmente eran quienes más sufrían bajo su régimen. Adoraba la época escolar y, mirando atrás, tampoco la considero perjudicial para mí. Me costaba el cálculo mental. Cuando no veía los números delante de mí, estaba perdida; el maestro lamentablemente nunca lo comprendió.
Mi madre podía visitarme como máximo 1-2 veces al año brevemente, ya que cambiaba de lugar de trabajo y disponía de poco tiempo libre. La mayoría de las veces venía en bicicleta, a veces desde lejos. Ella creía que yo estaba bien allí y no supo hasta mucho más tarde todo lo que tuve que sufrir. El padre de acogida era correcto conmigo, nunca me pegó. Sin embargo, trabajaba durante el día en una fábrica, de modo que la mayor parte del tiempo estaba a merced de la arbitrariedad de la agricultora. Cuando él estaba en casa, buscaba su compañía ayudándole en el trabajo. Él también sufría la maldad de su mujer. Ni siquiera el hijo estaba a salvo de su malicia. Más tarde se quitó la vida. Intentaba consolarme entonces convenciéndome de que la agricultora no podía quererme porque yo no era su hija biológica. Lo que me sostenía en los momentos de apuro era la certeza de que, tras la escolaridad, podría abandonar ese lugar. Pero el aislamiento, la soledad y la miseria que llevaban aparejada me alcanzaban una y otra vez. Siempre tenía una enorme morriña de mi madre y de mis hermanos. Una vez llegué incluso a pensar en el suicidio. Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, la agricultora me enviaba a los vecinos para cambiar los cupones de alimentación que no necesitaba. Ese regateo y esas compras me gustaban mucho.
En realidad tenía el deseo de hacerme enfermera pediátrica. Pero tras la escolaridad me fui como niñera a casa de unos agricultores por encima de Morges (VD) para pasar un año en la Suiza romanda. Sin embargo, allí no aprendí francés, ya que eran suizos alemanes. Desde allí me enviaron durante seis meses a casa de unos familiares por encima de Montreux. Después encontré una plaza en una guardería infantil y más tarde en la cocina y como auxiliar de enfermería en el hospital de Langnau (BE). El jefe de cocina era de Glarus y tenía intención de regresar allí para hacerse cargo de su propio restaurante. Como su mujer esperaba el segundo hijo, me preguntó si me gustaría ir con ellos para ayudar a la mujer en el hogar y cuidar a los hijos. Así llegué aquí. En el restaurante no me gustaba mucho trabajar y tampoco me lo pedían con frecuencia.
En Glarus conocí también al que sería mi marido. Nos casamos en 1955. Ese mismo año nació nuestro primer hijo, Ernst. Dos años después el segundo, Werner. Con el dinero de la legítima de la herencia del abuelo, el padre de mi padre biológico, pudimos hacernos cargo de un negocio de electricidad el 1 de agosto de 1959. Desgraciadamente, mi marido contrajo en 1960 la poliomielitis con meningitis. Por ello tenía frecuentes dolores de cabeza y le quedó una debilidad muscular. Así que llevé la tienda, incluyendo la oficina y la contabilidad, en su mayor parte yo sola. Finalmente nos vimos obligados a renunciar al negocio de electricidad. Junto con el guía de montaña Frigg Hauser fundé una escuela de alpinismo, que posteriormente transformamos en una tienda de deportes de montaña. La sigo dirigiendo todavía hoy junto con mi hija Anna-Elisabeth. En mis viajes a Bután y Nepal conocí la pobreza de esos países. Me comprometí para que la situación de esas personas mejore.
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