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Rudolf Züger

Un testimonio de vida personal – en sus propias palabras.

Nací el 23 de febrero de 1942, el penúltimo de mis hermanos. Antes que yo ya habían llegado al mundo 4 hermanas, una media hermana y dos hermanos. Más tarde llegó también la hermana menor. Mi madre era un hijo adoptivo. Mi padre se quedó, por no tener formación, como peón con diversos trabajos temporales y ocasionales. En el momento de mi nacimiento trabajaba en Oberägeri como cortador de turba. Pasé los primeros 16 meses en el seno familiar. Como el salario no alcanzaba en ningún caso para la numerosa familia, el padre intentó deshacerse de todos los hijos y mandarlos a un hogar infantil.

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Supuestamente se trataba de una buena educación católica. En el hogar de Fischingen, hoy tristemente célebre, encontró plaza para cinco de nosotros. Yo fui a parar primero a la sección de lactantes. Pronto quedó claro que el padre no pagaba la pensión prometida. Y el municipio de origen se negó a asumir los costes.

Finalmente fuimos a parar al asilo de pobres. Como me orinaba en la cama, sufrí allí repetidamente castigos draconios. De pequeño me obligaban a lavar yo mismo la ropa de cama manchada y, como castigo, me encerraban cada vez en el establo con la gran cerda negra. Sufrí terrores absolutos de miedo. Con frecuencia me sentaban por la noche en un orinal, me amenazaban y luego se olvidaban de mí, de modo que muchas veces no llegaba a acostarme en toda la noche. Los golpes tampoco faltaban. En invierno me desterraban insuficientemente vestido al gallinero. Un transeúnte me descubrió allí, me sacó y me llevó en estado semielado al hospital de Lachen.

Después fui al St. Josefsheim de Bremgarten. La superiora allí era buena con nosotros los niños. Pero la monja del departamento me era hostil y me acosaba. Me daba zapatos demasiado pequeños con los que me llagaba los pies. Porque un compañero me empujó contra ella en la ducha común, montó en cólera, me arrastró al cuarto de baño del piso superior, me arrojó al agua helada y practicó la técnica del submarino. Quedé en estado de shock y quise después lanzarme desde el tejado del hogar al vacío para poner fin a aquella miseria. Otra hermana, que percibió mi intención, me atrajo de vuelta a terreno seguro mediante un compañero bien dispuesto hacia mí y una manzana. Bajo una falsa promesa de excursión, me llevaron al día siguiente, sin que yo sospechara nada, de vuelta a Fischingen. Allí permanecí desde el 4.º curso hasta el final de la escolaridad.

En los informes del tutor se me clasificaba año tras año como débil mental, con malas disposiciones, perezoso e irascible. También aquí había un humillante desfile ante los compañeros por mojar la cama. Como castigo seguían siempre diversas tareas de limpieza y servicio doméstico. En realidad quería ser sacerdote o enfermero. Mi tutor opuso carencias de carácter e insuficiente inteligencia. Por eso fui a parar a casa de un campesino en Ruswil.

En casa de ese campesino, que además de sus dos hijos propios empleaba a otros dos niños de contrato, las penalidades comenzaron de nuevo. A las 4 de la mañana tenía que salir otra vez a apacentar el ganado. La faena duraba generalmente hasta las 22 o 23 horas de la noche. De comer me daban lo mismo que al perro del cortijo. Además, la campesina afirmó que yo la había agredido físicamente. En aquella nueva miseria, en la que intimidado no sabía cómo defenderme, me vino por segunda vez el pensamiento del suicidio. Me colocaron entonces en Beromünster como peón en una familia de acogida. En aquella empresa unipersonal dedicada a la alfarería, construcción de estufas, chimeneas y trabajos de solado, seguía siendo explotado y requerido más allá de la jornada habitual para numerosas tareas adicionales en la casa, el cuidado de gallinas y conejos, trabajos de jardinería y servicios de sepulturero. Al menos estaba a la mesa familiar, recibía la misma comida y era de algún modo miembro de la familia.

Después de tres años, la asistente social se presentó un día y me propuso que podía hacer el aprendizaje de enfermero. La intención oculta era conseguir en mí un criado barato para el hogar de cuidados que me estaba asignado. Allí también fui víctima de abusos sexuales por parte del chico de la oficina. Un día me llamó por teléfono la tercera hermana mayor y me invitó a su boda. Sin embargo, se me prohibió asistir. Después de que tampoco cuajara un posible aprendizaje de cocinero, busqué a mis padres con ayuda de un colaborador y volví con ellos. Pero entonces el infierno empezó de nuevo. Mi padre actuaba en mi contra, me arruinaba diversos puestos de trabajo y un día me echó de nuevo. Me presenté a la plaza convocada de guardián de fieras en el Circo Knie y fui contratado, aunque la tutela me había declarado en búsqueda. Fui honesto y declaré que no le tenía miedo a las fieras, pero sí a las autoridades y a los bípedos. Allí pude trabajar dos temporadas.

Como mi jefe se marchó con sus animales a Italia para un nuevo compromiso, no pude acompañarle por la falta de documentos y la búsqueda que seguía en curso. Durante un breve tiempo estuve de nuevo en casa de un campesino. A pesar de la resistencia inicial del tutor, logré no obstante liberarme definitivamente de esa atadura. Más tarde, por propia iniciativa, hice la formación de enfermero y también un aprendizaje de tipógrafo. Lo que nunca le perdonaré a mi tutor es que en diversas situaciones de emergencia me negó en varias ocasiones la asistencia médica urgente. Por eso sigo sufriendo hoy en día las secuelas sanitarias y físicas. Tampoco le perdono que, poco antes de mi liberación de la tutela, quisiera internarme en la clínica psiquiátrica donde ya me había inscrito.

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